jueves, 25 de mayo de 2017

Al toro [Fragmento]

            El caballo, como el toro,
si es valeroso y es fuerte,
da el pecho al aire y se enfrenta
cara a cara con la muerte.

*
El alma del toro es clara
y pura como el cristal;
y su inocencia es tan rara
porque es sobrenatural.

*
Darle a cada cual lo suyo
no es tener que darle todo.
Al hombre, lo que es del hombre.
Al toro, lo que es del toro.

*

Ni el torero mata al toro,
ni el toro mata al torero;
los dos se juegan su vida
al mismo azaroso juego.

*

No trafiquéis con su alma.
No le perdonéis la vida
al toro bravo en la plaza.

Que es humana cobardía
robarle al toro su muerte
“a solas con su agonía”.

*

Piensa el toro y dice así
(y no lo dice por mí):

Mi muerte no es cosa mía
aunque a mí me lo parezca.
Vosotros tenéis mi muerte
como yo tengo la vuestra.

La vida que me rodea
es la que está muerta en mí
como yo lo estoy en ella.


                                                                  José Bergamín

lunes, 15 de mayo de 2017

Pueblo soberano

            Plaza llena, vocerío
solar, fusión de gentío.
Público en tarde redonda
no es masa que el alma esconda.

Sobre la arena está el drama.
¿A quién vencedor proclama?

Un silencio. Se condensa
callando la tarde intensa.

Lo rojo aguarda o se mueve,
sutil, gallardo y aleve.

Tal muchedumbre es ya mole.
Todo se junta en un ¡ole!
Por fin, ovación. Muy bien.
Suena un silbido. ¿De quién?

Público en tarde redonda
no es masa que el alma esconda.
Aplausos. Gritos. ¿Oreja?
La unanimidad se aleja. 


                                                                  Jorge Guillén

viernes, 5 de mayo de 2017

El toro en tres cantares

            I
Apenas anunciaste a la manada
con mugidos azules tu venida
y ya un doble proyecto de embestida
apuntaba en tu frente desarmada.

¡Qué verde aquella noche perfumada!
¡Qué negra tu silueta! ¡Qué encendida
tu mirada zaina sorprendida
al alba en tu primera madrugada!

Ya metes los hollares, ya te besa
la gloria vegetal de la dehesa
con almarjos, sapinas y espiguillas.

Y ya esperas tu suerte remansado
sobre la tierra blanda del cerrado
con ensueños de albero y taleguillas.

II
Por fin se abre el portón y tú te sumas
entre destellos, brillos y oropeles,
a derribar jinetes y corceles
alzándolos en vilo como plumas.

Amasado de miedos y de brumas,
te cobras del percal los aranceles
y dibujas estampas de carteles
al vuelo del capote que perfumas.

Una danza de quiebros y de embroques
adorna de floridos palitroques
tu piel peninsular de mapa mudo.

Y el duende de la sangre de las flores
deja en los alamares sus colores
escarlata, carmín y rojo agudo.

III
Una gélida sombra, desgajada
de la fría memoria del acero,
vino tras el engaño del torero
a arrebatar la luz de tu mirada.

En un instante denso la alborada,
esa brisa salada del estero
y el aroma de mieles del romero
se quedaron prendidos de la nada.

Descansa la testuz, toro meleno,
que como fuiste noble, fiero y bueno
y de tu brava casta hiciste alarde,

altivo y orgulloso, quedo a quedo,
en tu cielo darás la vuelta al ruedo
con el último aliento de la tarde.


                                                                  Jesús Fernández Novoa

martes, 25 de abril de 2017

CITACIÓN – fatal (Elegía a Ignacio Sánchez Mejías)

            Se citaron los dos para en la plaza
tal día, y a tal hora, y en tal suerte:
una vida de muerte
y una muerte de raza.

Dentro del ruedo, un sol que daba pena,
se hacía más redondo y amarillo
en la inquietud inmóvil de la arena
con Dios alrededor, perfecto anillo.

Fuera, arriba, en el palco y en la grada,
deseos con mantillas.

Salió la muerte astada,
palco de banderillas.

(Había hecho antes,
a lo sutil, lo primoroso y fino,
el clarín sus galleos más brillantes,
verdadera y fatalmente divino.)

Vino la muerte del chiquero: vino
de la valla, de Dios, hasta su encuentro
la vida entre la luz, su indumentaria;
y las dos se pararon en el centro,
ante la una mortal, la otra estatuaria.

Comenzó el juego, expuesto
por una y otra parte...
la vida se libraba, ¡con qué gesto!,
de morir, ¡con qué arte!

Pero una vez -había de ser una-,
es copada la vida por la muerte,
y se desafortuna
la burla, y en tragedia se convierte

***

Morir es una suerte
como vivir: ¡de qué!, ¡de qué manera!
supiste ejecutarla y el berrendo.

Tu muerte fue vivida a la torera,
lo mismo que tu vida fue muriendo.

No: a ti no te distrajo,
el tendido vicioso e iracundo,
el difícil trabajo
de ir a Dios por la muerte y por el mundo.

Tu atención sólo han sido toro y ruedo,
tu vocación el cuerno fulminante.

Con el valor sublime de tu miedo,
el valor más gigante,
la esperabas de mármol elegante.

Te dedicaste al hueso más avieso,
que te ha dejado a ti en el puro hueso,
y eres el colmo ya de la finura.

Mas ¿qué importa? que acabes... ¿No acabamos?
todos, aquí, criatura,
allí en el sitio donde Todo empieza.

Total, total, ¡total!: di: ¿no tocamos?
a muerte, a infierno, a gloria por cabeza.

Quisiera yo, Mejías,
a quien el hueso y cuerno
ha hecho estatua, callado, paz, eterno,
esperar y mirar, cual tú solías,
a la muerte: ¡de cara!,
con un valor que era un temor interno
de que no te matara.

Quisiera el desgobierno
de la carne, vidriera delicada,
la manifestación del hueso fuerte.

Estoy queriendo, y temo la cornada
de tu momento, muerte.

Espero, a pie parado,
el ser, cuando Dios quiera, despenado,
con la vida de miedo medio muerta.

Que en ese ‘cuando’, amigo,
alguien diga por mí lo que yo digo
por ti con voz serena que aparento:

San Pedro, ¡abre! la puerta:
abre los brazos, Dios, y ¡dale! asiento.


                                                                  Miguel Hernández

sábado, 15 de abril de 2017

Último tercio (Sexto toro)

            De rosa y oro, el espada
quiebra su cuerpo de junco.
Embiste el toro, mugiendo,
y esquiva el torero el bulto.
En los alamares de oro
hay pelo zaíno, hirsuto.
Torero casi libélula,
toro casi abejaruco.

La charanga aplaude en música
de metal agrio y agudo.
El toro sigue embistiendo,
buscando, buscando el bulto
que, en rosa y oro, el espada
quiebra, frágil, como un junco,
ya de rodillas, tranquilo,
cogiendo un pitón al bruto,
o acariciando el testuz
ensortijado e hirsuto.

Certero, clavó el estoque,
se mojó de sangre el puño,
y el lucero de la tarde,
que abre el carrusel nocturno,
con un santoral taurino
contempla extasiado el triunfo.


                                                       Adriano del Valle