domingo, 25 de noviembre de 2012

La novia del torero


Tiene los ojos negros y se llama Pastora,
su alma es ardiente, como la loca manzanilla;
es la que canta coplas de una tristeza mora
detrás de las floridas cancelas de Sevilla.

Es rosa de pasión que se da toda entera;
cuando anda es ritmo y gracia su garbo sevillano;
es morena y dramática como la petenera,
sensual y atormentada como un tango gitano.

Y en la tarde de toros, al rematar la suerte,
cuando el muñeco de oro ha burlado a la Muerte,
y estalla la charanga, y aplaude el circo entero,

mientras pasea el héroe su española majeza,
con sus ojos sultanes cargados de tristeza
es la única que llora, la novia del torero

                                                       
                                                        Emilio Carrere

jueves, 15 de noviembre de 2012

La verónica


¿Qué gladiador ofrece su cintura
a la muerte hecha símbolo en la arena
de esa luna partida y agarena
donde el mito se funde en escultura?

Y ¿qué milagro y rito y qué locura
lleva el hombre a la bestia que envenena
el tendido y la grada? Enhorabuena
de un olé que retumba por la altura.

El ala del capote desplegado
le trae el toro al hombre enamorado
en pos de la caricia de la muerte.

Burla el arte a la fiera enfurecida,
y al dar el bruto su última embestida
la nota de clarín cambia la suerte.
                                              
                                              
         Benjamín Arbeteta

lunes, 5 de noviembre de 2012

A Álvaro Domecq


¡Qué porte! ¡Qué señorío!
¡Qué fuerte mano en la brida!
¡Qué corveta a la salida!
¡Qué aplauso en el graderío!
La espuela acelera el brío
de un bridón de pelo bayo…
El embroque, de soslayo.
Álvaro centra la Plaza.
Con el aire de su raza,
toda España está a caballo.

                              
                                                       Adriano del Valle

jueves, 25 de octubre de 2012

(Toro y torero)


Profesando bravura, sale y pisa
graciosidad su planta:
la luz por indumento, por sonrisa
la beldad fulminante que abrillanta.
Sol, se ciega al mirarlo.
Galeote
de su ciencia, su mano y su capote,
fluye el toro detrás de sus marfiles.
Concurren situaciones bellas miles
en un solo minuto
de valor, que induciendo está a peones
a la temeridad como tributo
de sus intervenciones.

Se arrodilla, implorante valentía,
y como el caracol, el cuerno toca
a éste, que a su existencia lo hundiría
como en su acordeón los caracoles.
La sorda guerra su actitud provoca
de la fotografía.
Puede ser sonreír, en este instante
crítico, un devaneo;
un trágico desplante
- ¡ay temeraria luz, no te atortoles! -
hacer demostraciones de un deseo.

Heroicidad ya tanta,
música necesita;
y la pide la múltiple garganta,
y el juzgador balcón la facilita.

Muertes intenta el toro, el asta intenta
recoger lo que sobra de valiente
al macho en abundancia.

Ya casi experimenta
heridas el lugar sobresaliente
de aquel sobresaliente de arrogancia.
Ya va a hacerlo divino.
Ya en el tambor de arena el drama bate…
Mas no; que por ser fiel a su destino,
el toro está queriendo que él lo mate.

Enterrador de acero,
sepulta en grana el arma de su gloria,
tan de una vez certero,
que el toro, sin dudar en su agonía,
le da para señal de su victoria
el miembro que aventó moscas un día,
mientras su muerte arrastran cascabeles.

¡Se ha realizado! El sol que prometía
el pintor, si la empresa, en los carteles.
  
                                                
                                                       Miguel Hernández
                                                       de ‘Corrida Real’

lunes, 15 de octubre de 2012

"El Cordobés" dilucidado


“El Cordobés”
- ¿lo ves?,
¿no lo ves?-
no es lo que es,
es lo que no es.

“El Cordobés” es un estratega
y de tanto como se entrega
y se arrima
las balas le pasan por encima.
“El Cordobés”
es el toreo al revés
y es el mechón de través
y la muleta rabieta veleta
pero sujeta
- derecha, izquierda - a la escondida rima
que de eco en eco canta y se aproxima.
“El Cordobés”
es el bordón reñido con la prima
y la mecánica muñeca
que tuerce y quiebra la embestida seca.

“El Cordobés”
es el toreo en inglés,
en danés
y en pequinés
y en volapuk y sin mover los pies.
¿Si no te quitas tú te quita el toro?
A “El Cordobés” el toro no le quita.
“El Cordobés” imita la mezquita
menos cuando andando, andando
se va del toro y es Pasos Largos con todo el alijo
por Sierra Morena
- “adiós, mi hijo”,
dice a mi lado una chilena -.

Él es rural y tónico y sonoro.
Bendito sea “El Cordobés” de oro
y sus salidas por Úbeda carrera
y cuando sale el sol por Antequera.
“El Cordobés” hereje
excomulgado sin concilio exprés
por su tejemaneje
y porque suma: dos y dos son tres.
“El Cordobés” de puja y de subasta,
de espaldas y al trasluz, al sesgo, al bies,
que se inventa con casta
el toreo que es porque no es.
“El Cordobés” no sabe ya si existe
y se palpa y se suena y se jalea y
 en rapto como Elías por el cielo se pasea.

Y tú, recalcitrante negativo y triste,
vete a ver al fenómeno y al noúmeno
y apúntate catecúmeno
de la flámula y la fe de “El Cordobés”.
De “El Cordobés
ay,
que en San Sebastián le cantan ¡bai!
y que en Bilbao le gritan ¡es!
¿Y en Málaga? Por supuesto, ¡oui!, ¡ja!, ¡yes!

“El Cordobés”
podría ser un gran torero
pero él prefiere ser un ente
terráqueo y refulgente:
“El Cordobés”.
     
                                                
                                                      Gerardo Diego